Ronny Yabar Aizcorbe
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Lo que aprendí viajando por el Perú

Todo empezó en el 2006.

Un viaje a Cusco con mi primo y gran amigo Omar. Fueron solo tres días, pero se sintieron como una vida entera. Fue la primera vez que algo dentro de mí se encendió. Caminar hasta Machu Picchu, sudando y sin fuerzas, con los sueños empujándome… ahí nació la chispa.

Pasaron muchos años desde entonces, pero ese viaje fue el primer momento en el que sentí que quería seguir conociendo mi país, que había algo más grande allá afuera esperándome.

Años después, entre el 2010 y el 2015, tuve la suerte de vivir en esa tierra sagrada. Fueron cinco años intensos en los que conocí viajeros de todo el mundo, cada uno con su historia, sus motivos, sus caminos. Escucharlos, compartir con ellos, ver cómo se transformaban al recorrer lugares… fue imposible no contagiarme.

Esa mezcla de memorias, aprendizajes y ganas acumuladas fue la inspiración que me llevó a lanzarme a recorrer mi país y completar el mapa. Empezó como una pasión y se convirtió en una obsesión.

Al final cumplimos el sueño.

“No se puede amar lo que no se conoce.”
—Leonardo da Vinci

¿QUÉ SIGNIFICA PARA MÍ PERÚ?

Quería hacerme esta pregunta. Este no es solo el lugar donde nací, es algo más profundo.

Perú para mí es raíz y respiro. Una cultura riquísima que se siente en cada pueblo, cada fiesta, cada comida. Es historia que no duerme, que se cuela en el humo de la cocina, en el sonido de las danzas. Es un país que parece muchos, con el mar que besa la arena, la sierra que parte el cielo, y la selva que late como un corazón escondido. Todo en un solo cuerpo, en un solo espíritu.

Una biodiversidad abrumadora, y donde los sabores no solo se comen, se sienten, se recuerdan. Donde las costumbres cambian con cada región, pero el espíritu solidario y cálido del peruano está en todos lados.

Hemos pasado por mucho: guerras, terrorismo, hiperinflación, caos político y social… y aun así, seguimos de pie, saliendo adelante con esfuerzo y corazón. Perú, es el legado milenario de los incas y también es el presente que lucha, que crea, que sueña.

Por todo eso decidí salir a conocerlo y se convirtió en mi prioridad antes de salir a otros lugares. No podía decir que amaba mi país si no lo caminaba, si no lo escuchaba, si no me daba el tiempo de entenderlo. Y también te dejo una pregunta que hago seguido: ¿De verdad piensas irte de este mundo sin conocerlo?

No sabes lo que te estás perdiendo. Viajar no es solo ir a Paris o visitar Disneylandia.
Viajar es entender de dónde vienes, es mirar a los ojos a tu gente, es perderte en un mercado de sierra, reírte con un niño en la selva, probar un plato que te abrace el alma en una esquina de barrio.

Viajar es volver a ti mismo. Es descubrir que, a veces, lo más mágico no está al otro lado del mundo… sino justo aquí, donde naciste.

Entonces, para mí, Perú es hogar, familia, amor y resiliencia. Es rebeldía ante la adversidad.

¿QUÉ NOS UNE A LOS PERUANOS?

Lamentablemente, estamos muy divididos política y socialmente. Cada vez que hay elecciones, parece una guerra. Nos enfrentamos entre hermanos, como si el que piensa distinto fuera el enemigo. Por eso no me gusta la época de elecciones … porque se nos olvida que antes que partidos o candidatos, somos personas. Se nos olvida que el verdadero enemigo no es el vecino que vota diferente, sino la desigualdad que nos atraviesa, la corrupción que nos roba el futuro, la indiferencia que nos vuelve extraños en nuestra propia tierra.

Nos falta escucharnos más y gritar menos. Construir puentes, no barreras. Un país no se levanta con odio, se levanta con empatía, con diálogo, con amor. Y mientras sigamos peleando entre nosotros, los de siempre, la vergonzosa clase política, seguirá ganando … y el Perú, perdiendo.

Aún existe mucha discriminación y racismo, herencia de un pasado duro, producto de años de desigualdad mezclada con una educación que todavía no logra enseñarnos a respetar nuestras diferencias. También hay mucho dolor en ciertas zonas, donde sienten que han sido olvidados por el Estado y son tratados como ciudadanos de segunda.

Pero si hay algo que sí nos une de verdad, eso es la gastronomía y la selección peruana de fútbol.

Cuando juega la selección, no importa tu clase social, de dónde vengas o a quién votaste. Nos abrazamos con desconocidos, cantamos el himno con el corazón en la mano y gritamos los goles como si fueran lo más importante del mundo.

Incontables veces he visto a personas llorar abrazadas en bares, restaurantes o en la calle. Personas que jamás se habrían cruzado ni una palabra, pero que en ese momento se unen en un mismo sentimiento. Por un instante, el Perú entero vibra como uno solo.

Cuando fuimos al Mundial de Rusia 2018, era como si el país hubiera soltado un suspiro que llevaba décadas aguantando. Las calles se llenaron de camisetas, banderas, abrazos, lágrimas de alegría. Fueron momentos mágicos que se extrañan. Ese año recibimos el premio de la FIFA a la mejor hinchada del mundo.

Y sí, eso está bien, pero no debería ser lo único que nos una. También deberíamos unirnos por amor al Perú, por la educación y por mejorar cada día, por progresar.

Sé perfectamente que en Perú enfrentamos muchos desafíos. La pobreza que aún golpea a tantas familias, la falta de servicios básicos en comunidades olvidadas, un sistema de salud y educación que necesita mejoras urgentes, y la corrupción que tantas veces nos ha arrebatado la esperanza.

No soy ajeno a esa realidad, la reconozco y me duele.

Hoy, quiero enfocarme en las cosas buenas. No porque quiera ignorar los problemas, sino porque creo firmemente que también necesitamos recordar lo valioso que tenemos para seguir luchando por lo que falta. Entre tanta carencia, hay belleza, hay cultura, hay un pueblo que no se rinde.

Destacar lo positivo no es cerrar los ojos ante lo negativo. Es tener la energía y la motivación para cambiar lo que está mal, desde un lugar de esperanza, no solo desde la queja o la resignación.

Sé que podemos ser mejores, y parte de ese cambio empieza cuando reconocemos lo bueno, lo cuidamos y lo multiplicamos.

¿DÓNDE ESTÁ LA GENTE MÁS ALEGRE?

Sin duda, en la selva.

No sé si es el clima, la conexión con la naturaleza, el ritmo que llevan en la sangre o simplemente su forma de ver la vida… pero la gente de la selva es la más alegre y espontánea del país. Siempre están sonriendo, bailando, cantando. Hay un calor humano difícil de explicar, pero muy fácil de sentir apenas llegas.

Lo escribí hace años en IG: “En el viaje de regreso venía reflexionando, ¿Por qué la gente de la selva es más alegre y vive más feliz? Me hice la misma pregunta allá por el 2011 cuando visité por 1era vez la tierra de mi viejito, Puerto Maldonado. Sentí lo mismo en Quillabamba, el Manu, Iquitos, Tarapoto, Moyobamba y solo lo confirmé una vez más en Pucallpa”.

Hay un impacto de la naturaleza en el cerebro muy fuerte. La gente de la selva es alegre, sencilla y generosa. Como dice el investigador Jorge Yamamoto, una de las personas que más ha estudiado la felicidad en el Perú: “Hay comunidades donde no circula ni un dólar a la semana, pero allí no hay pobreza en el sentido de que hay abundancia de recursos, de alimentación, de diversión natural y de unión. Se levantan muy temprano, agarran su canoa, reman, pescan, regresan y comparten con la familia. Viven en armonía con su entorno.”

En las grandes ciudades tienden a vivir desconfiados, parecen traumados con que algo malo va a pasar. A veces solo te buscan cuando necesitan ayuda, luego ni se acuerdan de ti. Conoces a alguien y piensan que les quieres robar o engañar. Repiten frases de mrda como “no confíes en nadie”, “la gente es mala”.

Si vivimos en una sociedad donde no confiamos en nadie, mejor ya no vivamos. No se puede ser feliz viviendo así, hay que confiar en la gente. Con cada viaje solo confirmo que la mayoría de las personas son buenas, muy buenas y solo quieren ser felices como tú o como yo. No hay que vivir con miedo, solo hay que usar el sentido común.

En la selva, cuando alguien se une a un grupo, hace amistad al instante y en seguida están todos riéndose. Pareciera que fueran amigos de hace años. Saben disfrutar de la vida, viven más relajados, más despreocupados. Seguro no tendrán las “grandes metas”, ni la tecnología, ni los malls que tenemos en la gran ciudad, pero son emprendedores, tienen sus negocios y hacen el balance entre trabajar, compartir, disfrutar su música, bailar y gozar.

Estamos de acuerdo con el gran Manolo del Castillo.

Debe ser por mi sangre selvática que me identifico con esa actitud. No tolerar el mal humor, ni la energía negativa, ni estar en un ambiente con gente amargada. Hay que sonreír a la vida a pesar de los problemas. De la selva aprendí que se puede ser feliz con tan poco.

En la costa también tienden a ser más extrovertidos, pero más desconfiados; se ríen fuerte, te hablan sin filtros, pero siempre están midiendo, tanteando el terreno. En cambio, en la sierra son más tímidos, te observan en silencio, como si leyeran tu alma antes de decir una palabra. Les cuesta más hacer amistad al toque, pero una vez que agarran confianza… agárrate, luego te van a vacilar duro, se van a reír de cualquier cosa de ti, en buena onda.

¿DÓNDE SE COME MÁS RICO?

Sería políticamente correcto decir que en todo el Perú se come bien, y es cierto, pero hay que decirlo: Hay lugares que destacan por encima del resto. Ponlos en el orden que quieras. Estos son para mí los lugares TOP del Perú para comer.

Lima es la capital gastronómica de América Latina. Tiene miles de restaurantes, huariques y, sobre todo, puestos callejeros donde puedes comer increíble. Desde anticuchos hasta sánguches de chicharrón, pasando por ceviches, pollo a la brasa, tamales, caldos y muchísimo más. Lo mejor es que puedes comer bien en cualquier parte, desde restaurantes top hasta en los mercados populares como Jesús María, Surquillo o incluso en el mismo mercado de Chorrillos frente al mar. Hay tanto que probar que una vida no alcanza.

Arequipa es otro nivel. Tiene una de las variedades de platos más grandes del país. Desde el rocoto relleno, pastel de papas, el chupe de camarones, el adobo dominguero, el solterito… La cocina arequipeña es única, potente, llena de historia y tradición. Las picanterías, que son restaurantes donde aún se cocina como hace cientos de años. Aquí se comparte comida como en familia, es una experiencia en sí misma y cada picantería es un viaje.

Y Chiclayo… es un festival de sabores. Probé ahí el seco de carne con frejoles más exquisito de mi vida, con ese sabor a chicha de jora que lo deja suavecito y lleno de aroma, un manjar que no se sale de mi mente. El arroz con pato, la causa ferreñafana, el espesado, el cabrito y, por supuesto, sus ceviches con zarandaja y chifles… El norte tiene ceviches increíbles, pero Chiclayo está en otro nivel. Es una joya aún por descubrir para muchos.

¿CUÁL ES EL PUEBLO MÁS BONITO?

Para mí, el más bonito es Pozuzo, y muy cerca, Oxapampa, la selva central.

Cuando llegué a Pozuzo sentí que estaba dentro de un cuento. Ni un solo papel en el piso, una limpieza impresionante, casitas de madera bien cuidadas, jardines, aire puro y gente amable. Es como un pequeño pueblo europeo en plena selva peruana. Pozuzo está rodeado de montañas verdes y ríos cristalinos que te dan ganas de quedarte a vivir ahí.

Pozuzo y Oxapampa, ambos forman parte de la única colonia austro-alemana del mundo, y aún conservan muchas de sus tradiciones, arquitectura y costumbres. Pero lo más bonito es cómo se mezclan con la cultura local, creando algo único.

Oxapampa tiene paisajes espectaculares: verdes valles, montañas, cascadas y una tranquilidad que no encuentras en otros lados. Ambos lugares te invitan a respirar hondo, caminar sin apuro y reconectar con lo simple. Son rincones mágicos del Perú que muy pocos conocen de verdad y no son tan marqueteados como lo clásico.

A estos lugares, perfectamente podríamos sumar otros pueblos hermosos como Ollantaytambo, Aguas Calientes y Chacas.

Es un gusto personal. En México, a estos lugares les dicen “pueblitos mágicos” y hay 177: Lugares sencillos, especiales donde la belleza, la historia y la cultura se mezclan en algo único. Y usan el término “vamos a pueblear”.

Para mí, Pozuzo y Oxapampa son justo eso: Pueblitos mágicos. Tenemos la tarea de hacer el recuento de cuantos de estos tenemos.

LA SOLIDARIDAD Y EL CORAZÓN DE LOS PERUANOS: EL TESORO SILENCIOSO

Una vez, un amigo argentino me preguntó con curiosidad: “Che, ¿qué es una pollada?”
Al principio me dio risa, pero después entendí que detrás de esa pregunta inocente había una oportunidad de mostrarle algo mucho más profundo que un simple plato típico.

Le expliqué que una pollada no es solo pollo con papas y ensalada. Es una excusa hermosa para unirnos cuando alguien lo necesita. Es ese momento en que la comunidad, familiares, vecinos, amigos y hasta completos desconocidos, se organizan para ayudar a una persona que está atravesando una situación difícil: una operación urgente, una enfermedad costosa, un accidente, una pérdida. Puedes cambiar el pollo por carne, pescado, chancho o lo que gustes.

Aquí en Perú, cuando alguien está en problemas, nadie se queda de brazos cruzados. Se imprime un cartel, se consigue una olla gigante, se preparan cientos de platos de comida y todos aportan: con tiempo, con trabajo, con dinero, con cariño. Creo que compartimos esto con algunos países de América Latina.

En un país con tantas carencias y desafíos, la solidaridad es una de nuestras mayores riquezas. Si no te has dado cuenta de eso, necesitas abrir un poco más el alma. Absolutamente nadie me lo va a contar, lo he visto con mis propios ojos. Es un tesoro silencioso que no sale en los noticieros ni aparece en guías turísticas, pero que está presente en cada barrio, cada mercado, cada rincón.

No siempre podemos ayudar, pero cuando puedas, hazlo. He visto gente que lo poco que tiene para dar lo da, lo hace con una sonrisa. He visto adultos mayores hacer cola con su platito en mano solo para apoyar a una vecina enferma. He visto jóvenes organizar rifas, colectas, bingos … todo por una causa, todo por alguien que lo necesita.

Tal vez en otros países, no les importe si te estás muriendo y cada quien vive su vida. Nosotros somos tremendamente solidarios, y eso es lo que me hace sentir orgulloso de ser peruano. Más allá de Machu Picchu, de la comida, de los paisajes impresionantes, lo que realmente hace grande a este país es su gente. La capacidad de tender la mano sin mirar a quién.

Así que la próxima vez que alguien te pregunte qué es una pollada, ya sabes qué responder: es el corazón del Perú servido en un plato.

LOS PAISAJES Y LA PAZ DE LAS MONTAÑAS.

Estábamos muriendo de frío, literalmente congelados. El frío se nos metía en los huesos, llovía con fuerza, y el granizo golpeaba sin piedad. Caminábamos en medio de montañas gigantescas que parecían observarnos. Y entonces, John sacó la bendita hoja de coca, la planta sagrada de los incas. No solo te da energía, también te conecta con algo profundo. Mientras la mascábamos, o picchar como se dice, entendí por qué los incas la veneraban: calma el cuerpo, aclara la mente y fortalece el espíritu. Ese día aprendí lo que significa la hoja de coca.

Ese día, frente al Salkantay, apu blanco de sabiduría ancestral, aprendí que las montañas no solo se suben, se escuchan. Te prueban, sí, pero también te sanan. Te enseñan a no rendirte, a abrazar el dolor como parte del camino. Hay una paz especial allá arriba, una que no viene del silencio sino de sentirte parte de algo más grande, eterno.

Hay que recorrer las montañas del Perú. No solo por su belleza brutal, sino por lo que te enseñan. Cada paso es una lección, cada cima una revelación. Quien camina por los Andes, no vuelve igual.

APRENDÍ QUE DONDE NO HAY SEÑAL, HAY CONEXIÓN

En el 2015, John, mi exjefe, entró un día a la oficina y nos dijo, con esa sonrisa suya que mezclaba aventura y sorpresa:
“Muchachos, nos vamos al Manu. Alisten sus cosas.” Yo solo sonreía… sin saber que ese viaje me cambiaría. El Manu está en el departamento de Madre de Dios, uno de los lugares más biodiversos del planeta Tierra. Ahí viven una cantidad impresionante de animales y plantas, muchos que no se encuentran en ningún otro lugar. Es una zona tan rica en naturaleza que basta con caminar un rato para ver aves de todos los colores, monos, ranas, y un montón de especies.

Estuvimos varios días completamente inmersos en la selva del Manu, sin agua potable, sin luz, sin señal, sin internet… sin absolutamente nada de lo que creemos “esencial”. Dormimos escuchando el canto de los insectos y el rugido lejano de los monos. Comimos en hojas, cocinamos con fuego, caminamos horas , y nos bañamos en río.

Al principio fue duro, sí. Después de unos días, algo en mí empezó a calmarse. Como si todo lo que pensaba que era urgente dejara de serlo. Sin pantallas, sin correos, sin mensajes. Solo nosotros, el bosque, nuestros pensamientos… y el silencio.

Exploramos el mundo interno tanto como el externo.
Hablamos de verdad, y escuchamos con atención. Miramos el cielo estrellado por horas y entendimos lo pequeños y a la vez enormes que somos.

Ese viaje me enseñó que cuando te desconectas del mundo digital, te conectas de verdad con la naturaleza, con los otros y contigo.A veces, para encontrarte, tienes que perderte un poco.

Fue ahí, en el departamento de Madre de Dios, donde probé por primera vez la carne de picuro.
El picuro es un roedor silvestre de la Amazonía parecido a un cuy grande que se alimenta de frutas y raíces del bosque. No me gusta el cuy, pero el picuro fue un manjar de los dioses.
Qué delicia… carne, pescado, chancho o pollo no le hacen competencia. Es lo más exquisito que he probado en mi vida: una suavidad, un sabor, una frescura que solo puedes entender si lo pruebas ahí, donde la naturaleza te lo ofrece todo sin filtros ni adornos.

La selva es misteriosa y principalmente sonido.
No se ve todo, pero se escucha todo. El crujido de las hojas, los bichos moviéndose por ahí, pájaros rarísimos cantando a lo lejos… Y en la noche, uff, la cosa se pone intensa. Todo suena: grillos, sapos, ramas que se quiebran, cosas que no sabés qué son. Es como si cuando se apaga la luz, se prendiera otro mundo. Ahí no usas tanto los ojos, usas los oídos. Sientes que todo te rodea, que está vivo, que respira contigo. Da un poco de miedo, sí, pero también te atrapa.
Y es que en la selva el sonido te guía. Te avisa si algo se acerca, si va a llover, si hay movimiento raro. Los locales saben leer todo eso como si fuera un lenguaje. Uno aprende a afinar el oído, a bajar el ritmo, a estar más presente. En ese silencio que nunca es silencio, es donde realmente conectas con lo que te rodea. Por eso la selva es principalmente sonido.

LA COSTA NORTE Y SUR: LAS MEJORES PLAYAS

La costa peruana abarca 3.080 km de puro mar. Una vibra que se mezcla con el sol radiante, la arena suave y las aguas cálidas del Pacífico, gracias a la cercanía con Ecuador. En el norte, el sol brilla casi todo el año. En Piura y Tumbes, tienes las playas de Máncora, Órganos, Vichayito, Punta Sal … que son un relax total. Puedes nadar entre tortugas marinas en El Ñuro, ver peces multicolores como si estuvieras dentro de la película Buscando a Nemo, o simplemente echarte en una hamaca mientras el sol te acaricia la piel. y Pimentel en Chiclayo, tiene un muelle bravazo y unas vistas al atardecer que te van a dejar pegado. En Trujillo, Huanchaco no solo es playa, es cultura viva: ahí puedes pasear con caballitos de totora, como lo hacían los antiguos mochicas. El norte tiene ese encanto veraniego. Ceviche fresco y clima que te invita a quedarte más tiempo. Y no podemos dejar de mencionar Zorritos o Las Pocitas, joyas escondidas para quienes buscan paz.

En el sur, las aguas son más frías, pero no cambia el encanto. La costa de Arequipa ofrece amplias playas perfectas para caminar y desconectarte del ruido, como Mollendo, Mejía, y también tienes a Ilo. Hay caletas escondidas muy hermosas. Y si buscas algo especial, date una vuelta por la Reserva Nacional de Paracas: un espectáculo de desierto y océano donde puedes ver flamencos, lobos marinos y pinguinos.

En cada rincón de nuestra costa, el mar no solo refresca: te guarda historias, memorias y esa sensación de libertad. Si te gusta la aventura, o simplemente pasarla bien frente al mar, tienes que encontrar tu lugar favorito. Yo encontré mi lugar favorito en Vichayito. Tiene el equilibrio perfecto entre tranquilidad y belleza natural. Es menos concurrido que Máncora, pero igual de encantador. Allí aprendí a relajarme de verdad.

             Máncora

Órganos

Mollendo

¿Y LOS MEJORES ATARDECERES?

Uf… difícil elegir. Me fascina fotografiarlos solo por puro hobby, y créeme que en Perú hay material de sobra. Hay algo mágico en ese momento del día en que el sol se despide, pintando el cielo con tonos imposibles.

Para mí, Punta Hermosa en Lima se lleva el premio. Tiene esa combinación de mar, rocas y cielo que parece hecha para una postal. Y claro, la Costa Verde también regala unos atardeceres espectaculares, sobre todo si los ves desde el malecón con buena música.

Pero no todo es costa. También he visto atardeceres espectaculares en la Huacachina en Ica, en Nazca, y más allá, en Pucallpa y Puerto Maldonado, donde el sol cae sobre la selva. En el sur, Mollendo tiene atardeceres muy bellos también, y hasta en lugares inesperados como Chancay me he llevado una sorpresa. Estas fotos son mías y sin filtros:

Punta Hermosa, Lima

Nazca

Pucallpa

Mollendo

Puerto Maldonado

Chancay

EL CALLEJÓN DE HUAYLAS Y LAS MARAVILLAS DEL PARQUE NACIONAL DEL HUASCARÁN

Ancash es de esos departamentos que uno no termina de descubrir nunca. Tiene tanto que ofrecer que cada rincón parece una nueva postal. El Callejón de Huaylas y Huaraz en especial son una joya para los que aman la naturaleza, el trekking, los paisajes que te dejan sin aliento.

Las lagunas de esta zona son, sin exagerar, de otro planeta. La Laguna 69 y la Laguna Parón tienen ese color turquesa imposible, rodeadas de montañas nevadas y aire puro. Para llegar hay que caminar alrededor de 2 horas. Pero cada paso vale la pena cuando llegas y ves esa belleza frente a tus ojos. Es como si la naturaleza te dijera: “Te costó, pero aquí está tu recompensa.”

Y hablando de retos… ese año me propuse subir un nevado. El Nevado Mateo (5150 msnm), en la provincia de Carhuaz. Era una de esas metas viajeras que llevaba tiempo esperando. Lo logramos, pero nos costó cada maldito paso.

Nos agarró un clima pésimo: lluvia, neblina, frío, viento, nieve, hielo… TODO junto . El cuerpo te grita que pares, los dedos se congelan, y la mente empieza a jugarte en contra. Ver a más de la mitad de toda la gente que fue ese día abandonar a mitad de camino, algunos por mal de altura, otros por agotamiento, fue fuerte. Algo que aprendí en el ciclismo de montaña es que no se abandona. Si empiezas, terminas. Vas despacio, a tu ritmo, pero tienes que terminar a menos que tengas algún problema de salud.

Tuve una caída fea en la bajada. El cuerpo me pedía rendirme, pero en mi cabeza solo podía repetir: “hay que seguir, alguien espera por ti.” Ese tipo de pensamientos que nacen cuando estás al límite.

El Parque Nacional Huascarán, declarado Patrimonio Natural de la Humanidad en 1985, es simplemente una maravilla. Sus nevados, su biodiversidad, sus lagunas… es uno de los lugares más espectaculares del país, y de los más protegidos.

El Nevado Mateo es de nivel bajo-moderado, recomendado para los que están iniciándose en montañismo. Pero no lo subestimen: necesitas estar bien física y mentalmente para completar esa subida de 3 horas (y bajada que se siente igual de eterna).

Sí, la volvería a repetir, pero con un mejor clima, por favor. A pesar de todo, cuando llegas a la cima y miras a tu alrededor, hay una sensación que no se puede explicar. Te sientes invencible.

Si no quieres hacer ningún nevado, está perfecto. Solo no dejes de ir a Huaraz a disfrutar de sus lagunas o de conocer Chavín de Huantar.

Laguna Parón

Laguna 69

Nevado Mateo

Laguna LLanganuco

EL CARNAVAL DE CAJAMARCA

Justo días antes de que empezara la pandemia, tuve la suerte de vivir El Carnaval de Cajamarca. Esta no es solo una fiesta, es un desborde de alegría, música, colores, agua y coplas que te envuelve desde el primer minuto. ¡Y sí, está en mi lista de cosas que tienes que hacer antes de morir! Otros carnavales son más artísticos o culturales… Esta es diversión pura, sin poses, sin filtros. Acá se goza de verdad.

Las coplas son versos pícaros, graciosos, con rima y hasta medio subidos de tono que la gente canta entre comparsa y comparsa. Improvisadas o ensayadas, son la banda sonora del carnaval. La gente se lanza al juego, con pintura, talco, globos con agua y dispuesta a disfrutar sin medida.

Lo más alucinante es que toda la ciudad sale a jugar. Cajamarca entera vibra. Hay casas que, desde hace años, se preparan especialmente para ser anfitrionas: abren sus puertas, ofrecen comida, música, trago y reciben con los brazos abiertos a quien llegue. En Cajamarca en carnaval, todos son bienvenidos. No importa si eres de ahí o vienes de otro lugar, te pintan igual y te hacen bailar hasta que no puedas más.

Cada año este carnaval recibe a más de 100 mil turistas. Sí, ¡más de 100 mil personas llegan a vivir la magia cajamarquina en carne propia! Vivir el Carnaval de Cajamarca no es solo ir a una fiesta. Es ser parte de una tradición viva, una comunidad que ríe junta y un Perú que te hace sentir en casa. Por favor, no dejes de ponerlo en tu lista. Este 2026 hay que volver de una vez por todas.

LA SEMANA SANTA EN AYACUCHO

Ayacucho superó totalmente mis expectativas. Impresionante la cantidad de lugares turísticos con los que cuenta. Ayacucho es una región muy importante en la historia del Perú. En la Pampa de la Quinua se realizó la Batalla de Ayacucho que dio lugar a la Independencia. La ciudad de Ayacucho es conocida por su fervor religioso, le llaman “La Ciudad de las Iglesias”, hay 33. Iglesias de todos los tamaños y colores por donde camines.

De hecho, la Semana Santa ayacuchana está considerada una de las más espectaculares de toda América Latina y del mundo. Ayacucho, también es cuna de grandes músicos y artesanos, por eso también se le reconoce como la “Capital de la Artesanía del Perú”.

No podemos olvidar que Ayacucho ha sido uno de los pueblos más sufridos del Perú, desde la conquista hasta hace pocas décadas por el terrorismo. Aquí nació Sendero Luminoso, ese grupo que hizo derramar tanta sangre y destrozó nuestro país.

Felizmente, hoy es una región pacífica de gente muy noble que recibe a sus visitantes con mucha calidez. No me voy a cansar de recomendarles a mis amigos y familia. Vayan a Ayacucho, es hermoso. La historia, arquitectura, el pasado colonial, los paisajes y las aguas turquesas de Millpu te dejan con la boca abierta.

LAS LÍNEAS DE NAZCA

Más que un vuelo, es un viaje hacia el misterio.

Sobrevolar las Líneas de Nazca no es solo una excursión turística. Es una experiencia que te sacude por dentro. Desde el aire, cuando la avioneta comienza a inclinarse para que puedas verlas, algo cambia. Aparecen de pronto : un colibrí perfecto, una mano, un mono en espiral, una figura humana que parece saludarte desde hace miles de años.

Uno no puede evitar preguntarse:
¿Cómo hicieron esto? ¿Para quién lo hicieron? ¿Por qué solo se ven desde el cielo?

Y entonces lo sientes. Ese cosquilleo en el pecho que te dice que estás frente a algo que trasciende el tiempo. No importa cuántas teorías hayas leído antes: en ese momento, el misterio es más fuerte que cualquier explicación.

El desierto se extiende infinito bajo tus pies. Las líneas, trazadas con precisión milimétrica, resisten al viento, al olvido, a la historia misma. Y desde las alturas, el impacto visual es abrumador. Es como si alguien hace siglos hubiera dibujado un mensaje destinado a ser entendido por los ojos del futuro. Tus ojos.

Sobrevolar las Líneas de Nazca es sentir que el Perú no solo tiene historia, sino secretos sagrados. que aquí vivieron culturas que sabían mirar más allá, que entendían el cielo, la tierra, los ciclos, los símbolos. Que hablaban un lenguaje que hemos olvidado, pero que aún podemos contemplar desde el aire, en silencio, con el corazón acelerado.

Nazca

LA SIERRA Y SELVA CENTRAL: CAMINOS QUE NO SE VENDEN

Hay rutas en el Perú que no aparecen en folletos turísticos, ni en rankings de “los 10 lugares que debes visitar”. Existen y son tan poderosos que se te quedan grabados.

Un día, en medio de un viaje, terminé en una comunidad asháninka en Junín. Había solo personas de verdad, tierra roja, selva viva… y mucha calidez.

Ese día, sin esperarlo, canté el Himno Nacional del Perú, no fue en español, sino en Asháninka, el idioma de la comunidad. Y aunque no lo hablaba, intenté seguir la melodía con respeto. Interactuar con los Asháninkas, juro que fue uno de los momentos más intensos de conexión con mi patria querida. Sentí que ahí, en ese rincón olvidado del mapa, el Perú vibraba más fuerte que en cualquier ceremonia oficial. Y no fue el único lugar que me marcó. Hay tantos rincones de la sierra y la selva central que debemos visitar como: Chanchamayo, Oxapampa, Villa Rica, Satipo, Tarma, Pozuzo, La Merced, Jauja, Huancayo, Huancavelica, Ayacucho…

LA MAGIA DE CUSCO

Cusco no es solo una ciudad, es una experiencia. Hay algo en el aire, quizás su altura, su historia milenaria o la energía que emana, que te envuelve desde el primer momento. Cusco se siente. En sus calles empedradas, en sus tejados rojos que se asoman entre las montañas.

Cusco no tiene mucha tecnología, ni grandes malls, ni edificios modernos. No los necesita. En lugar de eso, te ofrece callecitas de piedra por donde caminas como en un sueño, muros incas que siguen en pie desafiando al tiempo, mercados llenos de colores y olores, y una cultura viva que se celebra todos los días. Cusco es un viaje imaginario al mundo porque allí conoces gente de todos los rincones del planeta. En cada esquina escuchas idiomas distintos, compartes con viajeros de América, Asia o Europa, y te das cuenta de que todos llegan buscando algo: historia, energía o simplemente encontrarse a sí mismos. Es un punto de encuentro donde las culturas se cruzan, se abrazan y se entienden sin necesidad de hablar el mismo idioma. Aquí no te distraes, te conectas.

Deberíamos visitar Cusco al menos una vez al año. No por turismo, sino por recarga, para llenarse de energía. Cusco no solo te enseña, te transforma. Cada vez que he vuelto, regreso con algo distinto: más paz, más sencillez, más fuerza. Es como si la ciudad tuviera el poder de limpiarte por dentro. Y si puedes ir en Año Nuevo, perfecto. El NY Times lo calificó como una de las celebraciones de Año Nuevo más espectaculares y es verdad, simplemente sensacional. El Año Nuevo en Cusco, también está en mi lista de cosas que tienes que hacer antes de morir.

Fue justamente aquí donde viví algunos de los momentos más especiales de mi vida. Fueron 5 años. A pesar del frío intenso, de las noches que calaban hasta los huesos, siempre encontraba calor en la risa de los amigos, en los amaneceres dorados, en los mates de coca compartidos en una plaza cualquiera.

Cuando sales del aeropuerto, hay un cartel que te lo advierte: “La magia de Cusco te traerá de vuelta.” Y es verdad. De alguna forma, uno siempre quiere regresar. Todos los que han vivido Cusco saben de lo que hablo.

Tanta historia, tanta cultura, tanta energía en un solo lugar. Tantos recuerdos: Machu Picchu, Sacsayhuamán, Quillabamba, Puca Pucara, Qenko, El Valle Sagrado, Pisac, Ollantaytambo, Urubamba, Tipón. Los trekkings a Choquequirao y el Salkantay. En el día de Cusco disfrazado de muñeco hasta el día siguiente. Los pago a la Pachamama, el 24 de junio y el Inti Raymi. El voluntariado en la Aldea Yanapay y el Centro Cultural Yanapay. Los días guerreando con la juventud PPK. Las fiestas de Año Nuevo y las reuniones de viajeros, los meetings de Couch Surfing, las aventuras en Chontachaca, Pilcopata. Las noches cusqueñas en el km0, Ukukus, Inkaria, Mythology, Inka Team, Templo, Mamá Africa, Milhouse, Rock House, The Muse, The Lek… Los conciertos en el Jardín de la Cerveza, disfrutando de cusqueñas heladas. El choclo con queso, los chicharrones de Saclla, el arroz con pato de Lucre, el pancito de Oropesa, la hoja de Coca. Los días de mountain biking en Chincheros, Lares, Marineras, Moray, Taray, Yuncaypata, Uchuy Qosqo. Las tardes con Celeste en el parque Urpicha, Marianito Ferro y en el Ausangate. Los días filosofando en el barrio de San Blas y las caminatas bajo la lluvia. La música andina y las fiestas electrónicas. Amaru Pumac Kuntur y esos sonidos que alimentan el alma. La primera vez que me asaltaron y dejaron sin mochila, sin celular, sin tablet, sin flauta, sin revistas y sin 1 sol pa llamar a los roomies :). Siempre estarás en mi corazón, Cusco.

Aquí las vivencias como voluntario en la Aldea Yanapay. Aquí, puedes leer más sobre la energía de Cusco y el Pago a la Pachamama. Dos experiencias inolvidables que experimenté en Cusquito.

Y si no quieres pagar el caro tren a Machu Picchu (que cuesta unos USD $60 o más para extranjeros), puedes hacer la espectacular ruta alternativa por la Hidroeléctrica: una caminata de solo 2 horas entre naturaleza pura. No solo se trata del ahorro, se trata de vivir la experiencia, de caminar rodeado de montañas, ríos y selva, y llegar a Machu Picchu con el alma llena.

EN LIMA NO SOLO HAY GRIS, HAY MUCHO ARTE, CULTURA Y SABOR

La enorme metrópolis de más de 12 millones de almas. Para mí es imposible aburrirse en Lima y a pesar del tráfico y todo lo que se le critica, a mí me encanta. Lima es una capital que vibra con arte, que rebosa cultura, solo tienes que caminar para descubrir esos lugares.

Visita los mercados populares, date una vuelta por Barranco, el distrito bohemio por excelencia. Si buscas más arte urbano, Callao Monumental se ha transformado en una galería al aire libre. El Circuito Mágico del Agua es todo un espectáculo de noche. El centro histórico de Lima, Convento de San Francisco, Museo de Arte de Lima, Museo de Arte Contemporáneo, Museo Larco, el Lugar de la Memoria, la Casa de la Cultura, el malecón de Miraflores y la Costa Verde. ¿Y qué decir del sabor? Lima es la capital gastronómica de América; la comida aquí es arte. La enorme cantidad de eventos culturales, de entretenimiento y conciertos que hay para vivir. Semana a semana hay ofertas de cine, teatro, exposiciones y música.

Lima ha sido escenario de eventos internacionales de primer nivel como: los Juegos Panamericanos Lima 2019, la final de la Copa Libertadores 2019. También ha reunido a los principales líderes del mundo: en la Cumbre de las Américas de 2016, recibió al presidente Barack Obama junto a otros presidentes; y en 2023, fue sede de una nueva reunión de APEC que trajo al presidente de Estados Unidos, al de China y a los de las grandes potencias. También ha sido sede de la reunión de la ONU COP20 sobre cambio climático, Dakar, y este año volverá a ser sede de la final de la Copa Libertadores 2025. Lima no solo se vive, se muestra al mundo.

¿Por qué crees que la eligen como sede de tremendos eventos? Porque tiene infraestructura moderna, excelente conectividad, una ubicación estratégica, la capacidad de organización, hotelera y logística. Y lo más importante, el talento humano. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer lo que hacemos bien?

Así que no, Lima no es solo gris. Lima es color, es ritmo, es sabor, es historia. Solo hay que mirar más allá del cielo. Y si te quedas solo con lo malo, es porque no te diste el tiempo de mirar bien, no sales de tu burbuja.

En la sierra de Lima, también se encuentran lugares hermosos como Huancaya y al norte también podemos visitar el Castillo de Chancay. El año pasado me dediqué a conocer las afueras de Lima, aún hay mucho por conocer.

Huancaya

¿QUÉ PODEMOS APRENDER DE AREQUIPA?

Arequipa, la “Ciudad Blanca” debido a que sus construcciones históricas están hechas principalmente de sillar, una piedra volcánica blanca, no es solo sillar, volcanes imponentes y comida deliciosa. Es una ciudad con carácter. Es probablemente la ciudad más regionalista del Perú, lo cual, mal enfocado, puede llevar al fanatismo, al “nosotros contra ellos”, y eso personalmente no me gusta. Regionalismo, chauvinismo, racismo, todas esas cosas que terminan con ismo, se curan viajando.

Si se observa bien, debajo de ese orgullo fuerte hay una lección valiosa. Lo que sí me encanta de Arequipa es que se valora a sí misma. Tiene claro lo que es, lo que produce, lo que ofrece. Arequipa no espera a que le reconozcan desde Lima o desde el extranjero; ella misma se pone en valor. Defiende su identidad, promueve sus productos, celebra a sus personajes históricos, y pone su gastronomía al centro como bandera.

Eso es algo que el resto del Perú puede y debe aprender: tener amor propio, orgullo de lo que uno es, pero sin mirar por encima del hombro a los demás. Todo está perfecto, sin sentirse más , ni menos que nadie, con humildad, con sencillez y apreciando los demás departamentos también.

Arequipa también nos da lecciones de organización, de ciudadanía activa, de apego a su historia. Conserva su centro histórico como un verdadero tesoro, manteniendo esas calles limpias, impulsa su cultura con teatros, festivales y ferias, y lucha con fuerza cuando siente que algo amenaza sus intereses como región.

Es una ciudad que exige, propone y defiende. Y eso, bien canalizado, no es fanatismo, es identidad. Ojalá más regiones del Perú tuvieran esa fuerza para impulsar lo propio, sin esperar permiso.

Es una región con industrias sólidas y diversas. La minería, con Cerro Verde como uno de los principales motores económicos. El turismo, que cada año atrae miles de visitantes que se quedan encantados con su arquitectura colonial, sus paisajes y su historia. Arequipa siempre fue cuna de grandes intelectuales, pensadores, poetas. Aquí nació el Premio NObel de Literatura Mario Vargas Llosa. Además, Arequipa tiene la tasa más alta de estudiantes universitarios per cápita del Perú. La gente aquí estudia, trabaja o ambos. Y eso tiene correlación con que su porcentaje de pobreza es relativamente bajo. La gente es super competitiva y siempre quiere algo más.

Todo esto ha hecho que Arequipa sea la segunda economía más fuerte del país, después de Lima. No solo produce, también invierte, educa, planifica y exporta. A Arequipa hay que entenderla más allá del “orgullo arequipeño”. Hay que verla como un ejemplo de lo que puede hacer una ciudad cuando se toma en serio a sí misma.

EL TREKKING QUE ME DEJÓ SIN PIERNAS

El trekking más largo y duro que he hecho en mi vida fue también uno de los más hermosos. Lo hicimos con Javier y Pamela, en las fiestas patrias de 2012. Fueron cuatro días de caminata, dos de ida y dos de vuelta. Un total de 64 kilómetros a pie, atravesando abismos, quebradas, cerros, subidas eternas y bajadas que castigan las rodillas. 32 km para ir, 32 km para regresar.

Este camino no tiene tren, ni teleférico, ni comodidades modernas. Solo tus piernas, tu mochila, tus ganas… y la promesa de llegar a uno de los lugares más mágicos del Perú: Choquequirao, la hermana de Machu Picchu.

Durante el camino, puedes encontrar algunos lugares para acampar, y créeme, cada noche dormida en la montaña sabe a gloria. Nada se compara con la recompensa final: Una joya de la arquitectura precolombina, abrazada por gigantes montañas.

A Choquequirao se le conoce como el último refugio inca, porque probablemente fue uno de los pocos lugares a los que los españoles nunca llegaron. Eso lo hace más puro, más intacto, más sagrado.

Estar ahí, después de tanto esfuerzo físico y mental, no se puede comparar con nada. No es solo el destino lo que impacta, es todo lo que pasas para llegar hasta él.

Es muy difícil llegar ahí, muy duro, mas no imposible. Este trekking me dejó sin piernas y me llenó el alma. Ni siquiera tenía zapatos de trekking, usé unas zapatillas normales y llegaron totalmente destrozadas. Cada paso, cada ampolla y cada suspiro valieron la pena.

EL DÍA QUE LLORÉ ESCUCHANDO UNOS ABUELOS EN ABANCAY

Acababa de bajar del Santuario de Ampay, después de una larga caminata. Estaba cansado, con los pies adoloridos. Al llegar al camino de tierra que conecta con la ciudad de Abancay, vi una pequeña casa de adobe, humilde, sin ventanas de vidrio, solo una cortina de tela ondeando con el viento.

En la puerta estaban sentados dos abuelitos, tomados de la mano, mirando el horizonte. Me sonrieron con esa dulzura que solo tienen los que han vivido mucho. Les devolví la sonrisa y les pregunté si podía sentarme un rato. Me ofrecieron una silla de madera vieja, y un vaso de agua hervida con hierbas.

Comenzamos a conversar. Sus voces eran suaves, pausadas, llenas de historias. Me contaron que tenían más de 50 años juntos, que habían criado a seis hijos, pero todos se fueron. Solo uno los llama de vez en cuando.

Me contaron que viven solos, que a veces el dinero no alcanza ni para el pan, y que cuando se enferman deben caminar horas para llegar al centro de salud. Ella me mostró sus manos, llenas de cicatrices, de tantos años lavando ropa y cocinando con leña. Él me mostró su espalda encorvada, de tanto arar la tierra.

Pero lo que más me rompió por dentro fue cuando ella, con una voz quebrada, dijo:
“Lo que más duele no es el hambre, es el olvido.”

Y él la miró, le acarició el rostro y le dijo:
“Pero yo no te olvido, viejita. Tú eres mi vida.”

En ese momento no aguanté más. Me hice a un costado para disimular las lágrimas, lloré en silencio. Lloré por ellos, por todo lo que representaban: la dureza de la vida en los Andes, la soledad que deja la migración, y la fuerza del amor verdadero.

Ese día entendí muchas cosas. El Perú profundo lo describió Jorge Basadre y José María Arguedas, como esa parte del país invisible. Ese mundo que ha sido olvidado, marginado, discriminado. Es ese Perú que cholean, principalmente en la costa y lo único que saben decir, cuando no votan a su candidato, “es que son resentidos sociales”. El Perú profundo no está en los noticieros. Somos 34 millones de peruanos y actualmente aún hay más de 3 millones sin agua potable y sin acceso a servicios básicos. ¿Cómo podemos normalizar esto? ¿Cómo puedes juzgar a personas que están luchando por sobrevivir?

Entendí que hay lugares donde el corazón se rompe… pero también se ensancha.
Ese fue el día que lloré en Abancay. Y nunca lo voy a olvidar.

CUANDO CREÍ QUE YA NO PODÍA MÁS, UNA NIÑA ME ROMPIÓ EL ALMA EN HUANCAVELICA

Huancavelica ha sido por muchos años el departamento con más pobreza del Perú y menos visitado, esto a pesar de ser una de las principales fuentes de energía hidroeléctrica. Ironías de la vida. Huancavelica por cierto, tiene unos paisajes hermosos.

Llevaba horas caminando por las alturas. Estaba agotado, físicamente rendido, mentalmente cansado. Creí que ya no podía más… hasta que vi algo que me rompió el alma.

De repente una niña, de no más de 6 años, se me acercó. Tenía una mirada tierna, fuerte y antigua a la vez. Su ropita estaba gastada, pero lo que más me golpeó fueron sus pies. Estaban completamente descalzos, con los talones rajados, resecos, partidos por el frío y el suelo duro. Me sonrió. Me preguntó mi nombre. Yo me quedé mudo.

Seguí caminando unos metros, pero no podía quitármela de la cabeza, ¿cómo podía estar tranquilo? Así que volví. Fui al mercadito del pueblo y compré unos zapatitos y un par de medias gruesas. Volví donde estaba ella con su familia, se los entregué en silencio. No dije nada, ella tampoco. Solo me miró… y me abrazó.

No soy de contar estas cosas. No me gusta hablar de lo que uno hace, siento que pierde valor cuando se cuenta. Siempre he creído en el perfil bajo, en ayudar sin cámaras, sin aplausos. Esta vez sentí que era necesario contarlo.

Esto no debería pasar. Ningún niño debería caminar con los pies heridos por el frío.Esa niña, sin saberlo, me enseñó lo que realmente significa resistir. Y así miles de niños y niñas en el Perú profundo no tienen zapatos, ni sandalias, ni útiles escolares, ni libros, ni escuelas, ni leche, nada de nada. O caminan horas de horas para llegar a estudiar y luego cruzar un río peligroso para volver a casa.

Y aun así, choleas, discriminas.
Aun viendo lo que vive nuestro propio pueblo, aun sabiendo la historia de exclusión, miseria impuesta, abandono estructural, te sigues creyendo superior por el color de tu piel, por el distrito donde naciste o por tu apellido extranjero o porque tienes un poco más de dinero.

Si eres racista o clasista y me sigues en algún lado, por favor, elimíname ahora mismo. No tenemos nada en común. No compartimos los mismos valores, ni la misma humanidad.
Yo crecí sabiendo lo que es la injusticia. He caminado al lado de quienes tú desprecias.
He crecido con casi todo en contra, he dormido donde tú jamás pondrías un pie.

Mientras tú te ríes, señalas o te burlas, ellos sobreviven con una dignidad que tú jamás conocerás. No me interesa tener cerca a quien se burla del “cholo”, del “indio”, a quien desprecia a sus antepasados, a quien cree que tener una buena posición o una cara bonita valen más que una historia de lucha.

El Perú no necesita más gente como tú.
Necesita memoria, justicia. Y sobre todo respeto.

Ese día, cuando creí que ya no podía más, entendí que aún me quedaba mucho por dar.
Lloré en silencio, en un rincón de Huancavelica y me acordé de que he cumplido muchos sueños de estudio, de trabajo, de viajes, pero tengo pendiente ese sueño de dedicarme al trabajo social. Un día no muy lejano voy a cumplirlo, siento que estoy en deuda conmigo mismo y con mi país. Ya no espero absolutamente nada de nuestros políticos; es la peor basura que puede existir.

El Perú profundo nos necesita.

SOMOS TRABAJADORES, SUPER TRABAJADORES, PERO DESORGANIZADOS

Esto también no me lo contó nadie. Yo lo vi.

Vi a personas levantarse a las 3, 4 de la mañana para salir a trabajar, para construir su casa con sus propias manos, para vender en la calle, en los mercados, para sacar adelante a sus hijos. He visto ese esfuerzo diario, ese sudor, esa garra, ese amor silencioso que se traduce en sacrificio.

El problema no es falta de ganas. Es la desorganización.
Es no tener herramientas, ni educación financiera, ni apoyo real del Estado.
Se trabaja el doble, pero muchas veces sin rumbo, sin seguridad, sin futuro.

Vivimos en una informalidad absurda.
En el Perú, según el INEI, casi el 70% de los trabajadores están en la informalidad.
Eso significa que millones de peruanos no tienen acceso a salud, a pensión, a derechos laborales básicos.

Tenemos el talento, tenemos el esfuerzo. Lo que nos falta es organización, planificación, visión colectiva. Mi madre vive en Argentina desde hace más de 18 años. Me ha tocado visitarla varias veces y allá los argentinos siempre me recalcaban, me felicitaban por la enorme capacidad trabajadora que tenemos. La comunidad peruana allá es muy grande. Igual en Chile, me decían “ustedes vienen acá, ponen lo que sea y triunfan, carajo, como admiro ese coraje que tienen para salir adelante”. Trabajo con gringos hace 9 años y me dicen lo mismo, no sé si es un halago o no jajajaja. Resaltan la eficiencia y el trabajo duro de los peruanos.

Ricardo Gareca, nuestro ex entrenador que convivió 8 años con nosotros, lo dijo en varias entrevistas. Se quedó sorprendido por la capacidad de inventiva, la capacidad de emprender, de improvisar y adaptarse al cambio. Aquí si te pueden vender una piedra, te la venden. La gente pone negocios en su casa o en la calle de lo que sea. Queda claro, que este no es un país de flojos y nadie nos regala nada, ya no esperamos nada del gobierno.

Entonces si ese espíritu trabajador lo lleváramos al papel, a la formalidad y la descencia, si alineáramos esto con educación, tecnología y políticas claras… seríamos imparables.

¿QUÉ CAMBIARÍA DE NUESTRO PAÍS? EL CÁNCER QUE NO NOS DEJA CRECER.

Perú tiene todo para ser una potencia en el continente: abundancia de recursos naturales, una gran biodiversidad, una ubicación geográfica privilegiada y un pueblo trabajador, talentoso, resistente. Y sin embargo… no avanzamos como deberíamos.

¿Qué nos detiene? El cáncer de todo: la corrupción.
Ese mal que atraviesa décadas, gobiernos, ideologías. Ese monstruo que se disfraza de político, empresario, juez, policía. Ese virus que no solo roba millones, sino también el futuro de los niños, la salud de los hospitales, los sueños de los jóvenes y la dignidad de millones de peruanos.

Hemos batido récords que no enorgullecen a nadie:

  • Alberto Fujimori: preso por crímenes de lesa humanidad y corrupción.
  • Alejandro Toledo: extraditado desde EE. UU. por recibir sobornos de Odebrecht.
  • Alan García: se suicidó antes de ir a prisión por recibir sobornos de Odebrecht.
  • Ollanta Humala: investigado y encarcelado preventivamente.
  • Pedro Pablo Kuczynski (PPK): detenido en arresto domiciliario por corrupción.
  • Pedro Castillo: en prisión preventiva tras un intento fallido de golpe.
  • Keiko Fujimori: candidata presidencial tres veces, presa por lavado de activos.

No hay país en el mundo que haya tenido a tantos presidentes en prisión.
Es un récord vergonzoso. Y mientras ellos se enriquecen, el pueblo sobrevive entre la informalidad, la desesperanza y la indignación.

El otro gran enemigo igual de destructivo es la pobreza en la educación. Una educación pobre, desactualizada, sin enfoque crítico ni emocional, condena a generaciones enteras. Una mala educación repercute en todo: En la salud mental, autoestima, posibilidad de imaginar un futuro mejor.

Y sin embargo… hemos avanzado. En los años 80, aprox. El 65% de los peruanos vivían en situación de pobreza. Estábamos al nivel de un país africano. Llenos de terrorismo e hiperinflación, un país inviable.

Hoy, a pesar de crisis, pandemia y corrupción, esa cifra ronda el 27%. Hemos reducido la pobreza en más de 35 puntos porcentuales. Pocos países han logrado eso.

Eso no es menor. Eso habla de una resiliencia histórica, de una sociedad que, pese a sus políticos, sigue empujando el Perú hacia adelante.

Además, tenemos la moneda más estable de América Latina. Y aunque tengamos una política en ruinas, seguimos teniendo una economía sólida que se mantiene firme frente a las crisis externas. Esto se debe a años de manejo fiscal prudente, a un Banco Central independiente que cuida la inflación como oro, y a una cultura económica que aprendió, a punta de golpes, a no gastar más de lo que tiene. En medio del caos, el sol peruano sigue brillando.

Cambiar la educación es cambiar el destino.
Invirtiendo ahí, podemos formar generaciones que rechacen la corrupción, que abracen la ciencia, la tecnología, el arte, el emprendimiento. Que no se resignen. Que no acepten “así es el Perú” como excusa para la mediocridad.

¿Qué cambiaría del Perú? Todo lo que lo nos mantiene estancados:

  • La corrupción que roba vidas.
  • La indiferencia que permite injusticias.
  • El clasismo y racismo que fragmentan nuestra sociedad.
  • Y una educación que no transforma.

Tenemos los recursos. Tenemos el talento. Lo que falta es voluntad, liderazgo real y un compromiso firme. El Perú puede ser potencia. Primero debe extirpar el cáncer. Y empezar por lo más profundo:
cambiar la mente, formar el corazón, y limpiar las manos. Fortalecer la autoestima y valorar a nuestros músicos, artistas, científicos.

LOS AMIGOS Y LA GENTE BRILLANTE QUE CONOCÍ EN EL CAMINO

En cada ciudad, en cada rincón del Perú, tuve la suerte de cruzarme con gente que me enseñó algo, que me hizo reír, que me dio una mano sin pedírselo, o simplemente me acompañó en el momento exacto en que lo necesitaba. Hay gente que deja huella. Y hay otras que, sin saberlo, te transforman.

Yo soy de esas personas que, cuando viajo, detesto quedarme encerrado. Me encanta turistear desde la mañana, perderme por la tarde y salir por la noche, duermo poco en los viajes, para eso tengo mi casa después. Ver, probar, preguntar. Conocer a gente distinta a ti te abre la mente, te muestra nuevos mundos. Y cuando viajas solo, estás más expuesto a eso: a los encuentros inesperados. A las personas mágicas.

Mi madre siempre me enseñó a ser agradecido en la vida. Que cuando alguien te extiende la mano, tú agradeces. Mucha gente viene y va, y tal vez nunca más la vuelvas a ver. Pero los verdaderos viajeros saben: la gratitud se lleva en la mochila.

La vez que me perdí… y encontré algo más.

Uno de mis primeros viajes para conocer el Perú fue en 2011, rumbo a Abancay. Me fui solo al Santuario Nacional de Ampay, sin mapa, sin señal, con una mochila ligera y el corazón lleno de ganas. No había buena señalización. En un momento, tomé un desvío equivocado y me perdí en medio del bosque, avanzando sin rumbo, siguiendo una montaña que no era la que debía.

No sabía si dar la vuelta o seguir, si estaba yendo hacia un lugar o hacia la nada. Me senté, dudando mirando la niebla tragarse los árboles, preguntándome si alguien sabía siquiera que yo estaba ahí.

Y entonces, como salido de un cuento andino, apareció Ever. Un chico de pueblo, con una mirada serena, como si supiera que tenía que estar ahí en ese preciso instante. Él no tenía planeado hacer trekking ese día, pero me vio y decidió acompañarme sin dudarlo. Caminamos sin prisa, sin miedo, conversando de todo y de nada.

Y fue así que llegamos a Uspaq’ocha. La laguna era un espejo de agua enmarcado por montañas que parecían cuidar un tesoro.

Ese día no solo encontré el camino. Encontré humanidad, confianza y esa belleza que se esconde lejos. Gracias, hermano, por tu ayuda desinteresada. Por mostrarme que a veces perderse es la única manera de encontrarse de verdad… y de encontrar lugares que sanan el alma.

En 2015, pasé varios días internado en el Manu. Richard fue nuestro guía. Un tipazo, un ser humano sabio y amable. De él aprendí que la selva no se conquista, se escucha.

Además de su sabiduría, Richard tenía un gran sentido del humor. Esa es la gente que me gusta. Nos hizo reír demasiado, incluso en los momentos más tensos o cansados. Con una frase ocurrente o una historia absurda, lograba que el grupo se riera a carcajadas en medio de la selva. Y cada noche, alrededor de la fogata, nos regalaba pequeñas lecciones de vida. Nos decía, por ejemplo, que “el verdadero silencio no es la ausencia de ruido, sino el momento en que uno empieza a escucharse por dentro”. Eran palabras simples, que nos dejaban pensando. Imposible olvidarme de una persona así.

Cusco fue mi casa durante años. Y ahí apareció Sony, mi gran amigo de rutas en bicicleta y de la vida. Con los roomies Cucho y Ninoska compartimos tardes, historias. Y cómo olvidar a todo el “Drink Team” de Cusco: Sony, Cucho, Javier, Franck, Amy, José, Jimmy, Mery… un grupo que parecía familia desde el primer brindis. También a Rubén del Callao, Verito, a Edgar, Liz y a Juancito con quien trabajé casi 5 años, gracias infinitas por tantos momentos.

Estaba tranquilo en una van en Tarapoto, nos íbamos rumbo a la Laguna Azul. Yo estaba en el penúltimo asiento y atrás de mí cuatro limeñas universitarias que no dejaban de hacer bulla. Les dije en tono de broma: Se pueden callar por favor, dejen descansar y me dijeron NO jajajajajaja. Les puse de chapa “Las vírgenes de la Cumbia” y conectamos al instante. Bailamos, exploramos, reímos como si nos conociéramos de siempre. No paramos ni un solo día. En el segundo día, íbamos en camino escuchando y cantando canciones de “Viejitos pero Calientes” a todo pulmón. Las vírgenes fueron un éxito total como compañeras de viaje.

Y para cerrar con broche de oro: en mi último día, Jorge me llevó en una ruta en bicicleta hasta el corazón de Tarapoto. Vimos un atardecer maravilloso, uno de esos que te deja sin palabras, y luego pedaleamos de noche en plena selva. Escuchar todos esos sonidos, sentir la humedad, oler la tierra mojada y las hojas… fue magia pura.

En Chachapoyas, conocí a Mauricio, con quien hasta ahora tenemos amistad y fui en parte culpable de que en ese viaje conozca a su actual amor y madre de sus dos hijos. Hicimos la caminata a Gocta, una de las cataratas más grandes del mundo. También gracias a Dilsa y a Isa y Jennifer con quienes compartimos ruta rumbo a Kuélap y a todo el grupo de Gocta.

Estuve 10 días recorriendo Pucallpa y Ucayali, y regresé con una gran sonrisa. Me fui solo para variar y conocí a Joseph y Michigan en una piscina. Dos locos geniales que me llevaron a varios lugares, me hicieron reír, me presentaron a varios grupos y en seguida era uno más de ellos. Jamás olvidaré tanto cariño y alegría que me dio la gente allá. Una muestra más de cómo es la gente en la selva.

A Juanjo de España. Se enamoró de una cusqueña y se quedó a vivir en Perú. Nos hospedamos cinco días en su casa de campo en Pilcopata. Nos hizo cavar, nos preparó paella, y nos habló del ayahuasca, de cómo los caminos espirituales pueden sanar lo que parece perdido.

A Lu en Cajamarca por enseñarme el bar Arlequin y hacerme vivir al máximo el carnaval más vibrante y presentándome a toda su gente. A Devora y toda su mancha por pasar unas noches mavarillosas en la bella Cajamarca, gracias por tantas risas Nera.

A Angela, Raúl , Aneth, Zarela ascendiendo hacia el Velo de las Ninfas y compartiendo la noche en Tingo María.

Denise y su amiga en Oxapampa y Pozuzo. También fuimos a la que, para mí, es estéticamente la catarata más bonita del Perú: la Catarata Bayoz en Chanchamayo, Junín. No solo por su altura y fuerza, sino por el entorno selvático que la rodea.

Y en Ayacucho, cuando creía que ya había visto todo, conocí a doña Leonor y don Jorge, una pareja con más de 40 años de casados. Me hospedaron sin conocerme en su casa a cambio de un pequeño pago. Ella preparaba un café con pan tan sabroso como su risa. Él me dijo una noche, bajo ese cielo azul ayacuchano puedo sentir tu energía y recuerda esto:

“La vida es como un viaje. Lo que te salva no es a dónde vas, sino con quién compartes el fuego.”

Esa frase me quedó tatuada.

Ticlio y la cordillera.

Ticlio era hasta hace poco el punto ferroviario más alto del mundo. Si vas de Lima a Oxapampa, pasas por Ticlio. Es una parada obligatoria de la carretera central.

Allá por el 2019. En pleno camino y a más de 4800 msnm, nos agarra una fuerte nevada. Una nevada brutal nos sorprendió en plena madrugada y los carros se detuvieron. Ese es un clásico problema allá. La oscuridad lo cubría todo y no sabíamos cuánto tiempo estaríamos atrapados.

Dentro del bus, el silencio se volvió tenso. La gente empezó a alterarse, a murmurar, a asustarse. Nadie entendía por qué habíamos parado, y el miedo, como la nieve, comenzó a caer sobre todos. Me hago amigo de tres señoras maravillosas: la Sra. Teresa, Luz y Elena. Les propuse bajar a tomar aire, a mover el cuerpo, a mirar el paisaje. Yo también lo necesitaba, sinceramente ya me estaba ahogando estando encerrado. No me gusta estar encerrado mucho tiempo en un solo lugar, empiezo a ponerme muy inquieto.

Ellas tenían miedo. No querían bajar. “Está muy oscuro”, me dijeron. Pero poco a poco, con paciencia, las convencí. Y bajamos.

Nos reímos mucho y compartimos historias de vida mientras la nieve seguía cayendo. Ahí, bajo la nieve y el cielo aún dormido, nos pusimos a conversar como si fuéramos familia. Me hablaron de sus hijos, de sus pueblos, de cómo aprendieron a ser fuertes porque no les quedó otra. De cómo el Perú te enseña a resistir desde chico.

Yo les hablé de lo único que me ha salvado siempre: la actitud. De cómo, a veces, uno tiene que decidir no rendirse, incluso cuando todo alrededor está quieto y congelado. Les dije que incluso en medio del frío, se puede encontrar algo cálido si uno lo busca.

Y así, en medio de la nada, con los pies helados y el corazón lleno, entendí una vez más que la vida no se trata de lo que pasa, sino de cómo lo enfrentamos.

Nos quedamos varados 8 horas y ya está, no pasa nada. Hay que rebelarse frente a la adversidad y afrontar estas situaciones difíciles. La vida es hermosa como para perder el tiempo quejándose.

ACTITUD, ACTITUD ante todo.

Gracias a la Pachamama, que en su sabiduría, nos regaló este amanecer.

También, gracias a Bamboo, amante del reggae, que tiene su espectacular bar en Puerto Maldonado y nos guió por rutas selváticas en bici.

Y no puedo dejar de mencionar a mis primazos y grandes amigos Jean Carlos y Roberto, con quienes formamos el grupo “Los 3 Mosqueteros” jajajaja. Viajamos juntos a la playa, varias veces a Cusco y Puerto Maldonado. Los viajes no habrían sido iguales sin ustedes. La forma en que compartimos cada aventura, las risas interminables, los planes improvisados… todo eso le dio un sabor especial a cada destino. Mis primos para mí, son como mis hermanos.

Gracias a Caled y Nief, con quienes pasamos más de medio año compartiendo en esas noches cusqueñas. Intelectuales, unos cracks de cracks.

A Robert, mi mejor amigo, con quien tenemos una amistad de más de 20 años. Viajamos al Sur, al Norte, hicimos mil rutas en bicicleta y en plena pandemia formamos el grupo “Bikes & Beers”. A Roger, otro grandísimo amigo de quien aprendí mucho del ciclismo. Gracias por tantos momentos y por tantos caminos recorridos.

Hay gente que conocí solo por horas y se volvió inolvidable. Personas con las que conecté en un bus, en un mercado, en una caminata, en un bar. Gente generosa, trabajadora, risueña, soñadora. Algunos me dieron la mano, otros comida, otros simplemente una conversación que cambió mi día, o mi forma de ver las cosas. Cada uno de ellos fue una chispa en este viaje.

A veces creemos que necesitamos grandes planes para encontrar felicidad, pero a veces solo basta una charla bajo la lluvia, una carcajada inesperada, o un silencio compartido mirando el paisaje.

Viajar me hizo recordar que el Perú no solo es su geografía: son sus personas. Viajar te enseña que las personas aparecen cuando más las necesitas. Que no estás tan solo como creías. Y que lo más hermoso del camino… no siempre son los paisajes, sino los humanos.

A todos ellos, y a muchos más que no pude nombrar, GRACIAS. Lo diré una vez más:

“No estás solo”

Las personas mágicas existen. Se llaman amigos del camino. Y el Perú está lleno de ellos.

Gracias a mi princesa hermosa, mi hija Celeste, con quien también viajamos. Gracias por ser tan comprensiva, por siempre desearme lo mejor. Me acuerdo de que me decías: “Otra vez te vas a ir de viaje, papá, pero si acabas de llegar hace 2 semanas? jajaja”. Aún así entendías mi locura, sabías que tenía que cumplir un sueño.

A mi madre por sus sabios consejos, a mis hermanos por todo el cariño que me dan y a mi padre Q.E.P.D. que se me cuida e ilumina mi camino. Y a toda mi familia con la que alguna vez compartí.

¿Y EL SECRETO MEJOR GUARDADO DEL PERÚ?

No está en sus paisajes ni en sus piedras más famosas. Es que estamos trabajando en silencio. Se vienen megaproyectos de infraestructura, minería, energía, conectividad.

Se está trazando una nueva red de trenes, represas, plantas solares y corredores logísticos. Se está preparando para despertar con fuerza. No hacemos tanto ruido, pero nos estamos organizando, conectando, integrando.

Si tomamos buenas decisiones y elegimos a las personas correctas, estaremos listos para seguir reduciendo la pobreza. Estaremos listos para sanar nuestras heridas históricas, para que nuestros niños no tengan que migrar o mendigar oportunidades, para que nadie más tenga que elegir entre comer y estudiar.

Estaremos listos para convertirnos en la potencia que ya somos en esencia, para mirar al futuro sin miedo, sin vergüenza, sin excusas.

El Perú no necesita que lo salven. Necesita que lo despierten.

Escribí todo esto para motivar a la gente, a que salga a conocer el Perú. Este país es más que promesas rotas. No es necesario tener mucho, solo ganas. No tienes que cruzar el océano para sorprenderte: el verdadero viaje está aquí, en casa.

Al menos una o dos veces al año deberíamos ir a un nuevo lugar del Perú, regálate eso. Camina, mira, escucha, abraza, aprende.  A veces, lo más profundo, lo más real, está aquí: en un pueblo escondido, en una sonrisa que te da la bienvenida sin conocerte, en una historia que te cuentan bajo un cielo lleno de estrellas. Viajar por el Perú es recordar quiénes somos, reencontrarnos con nuestras raíces, sanar el alma. Hazlo por ti, por lo que sientes que te falta, por lo que aún no sabes que necesitas. Porque cada lugar del Perú tiene algo que enseñarte… y quizás, también algo que despertarte.

Ahora mira este mapa y dime:  ¿Dónde va a ser tu siguiente viaje? Tiene que ser un nuevo lugar, no vale hacer trampa.

Organízate, no pongas excusas.
Mientras más conozcas tu país, más difícil será que lo ignores… y más imposible que no lo ames.

Y tal vez, solo tal vez… si todos miramos un poco más adentro, empecemos juntos a sanar esta tierra herida y a escribir la historia que nos debemos.

El Perú no se cuenta, se vive. Y si lo vives… te cambia.

TE AMO PERÚ

RONNY

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